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Xul 11 2012

Pedro Oom: Actuação escrita

Pode-se escrever

Pode-se escrever sem ortografía
Pode-se escrever sem sintaxe
Pode-se escrever sem português
Pode-se escrever numa língua sem se saber essa língua
Pode-se escrever sem saber escrever
Pode-se pegar na caneta sem haver escrita
Pode-se pegar na escrita sem haver caneta
Pode-se pegar na caneta sem haver caneta
Pode-se escrever sem caneta
Pode-se sem caneta escrever caneta
Pode-se sem escrever escrever plume
Pode-se escrever sem escrever
Pode-se escrever sem sabermos nada
Pode-se escrever nada sem sabermos
Pode-se escrever sabermos sem nada
Pode-se escrever nada
Pode-se escrever com nada
Pode-se escrever sem nada

Pode-se não escrever
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Do libro Cen poemas portugueses do riso e do maldizer (Terramar)

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Abr 29 2012

George Steiner e os libros

… en cada libro hay una apuesta contra el olvido, una postura contra el silencio que solo puede ganarse cuando el libro vuelve a abrirse. Todo lector auténtico, arrastra consigo el eco regañón de la omisión, de las estanterías de libros por los que ha pasado a toda prisa, de los libros sobre cuyos lomos ha pasado los dedos con ciego apresuramiento… los libros abiertos… nos llaman de forma silenciosa.
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Do libro Pasión intacta (Siruela)

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Abr 28 2012

Elias Canetti e os libros

Hay libros que tenemos a nuestro lado veinte años sin leerlos, libros de los que no nos alejamos, que llevamos de una ciudad a otra, de un país a otro, cuidadosamente empaquetados, aunque haya muy poco sitio, y que tal vez hojeamos en el momento de sacarlos de la maleta; sin embargo, nos guardamos muy bien de leer aunque sólo sea una frase completa. Luego, al cabo de veinte años, llega un momento en el que, de repente, como si estuviéramos bajo la presión de un imperativo superior, no podemos hacer otra cosa que coger un libro de estos y leerlo de un tirón, de cabo a rabo: este libro actúa como una revelación. En aquel momento sabemos por qué le hemos hecho tanto caso. Tenía que ocupar sitio, tenía que ser una carga, y ahora ha llegado a la meta de su viaje; ahora levanta su vuelo; ahora ilumina los veinte años transcurridos en los que ha vivido mudo a nuestro lado. No hubiera podido decir tantas cosas si no hubiera estado mudo durante este tiempo, y qué imbécil se atrevería a afirmar que en el libro hubo siempre lo mismo.
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Do libro La provincia del hombre (Taurus Ediciones)

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Abr 23 2012

Mario Benedetti e os libros

EL AUTOR NO LO HIZO PARA MI

El autor no lo hizo para mí / yo tampoco
lo leo para él / yo y el libro
nos precisamos mutuamente / somos
una pareja despareja /

el libro tiene ojos tacto olfato
hace preguntas y hace señas
puede ser una esponja que me absorbe
o un interlocutor vacío de prejuicios

el libro y yo tenemos un pasado
en común / con frutales seducciones
yo a veces le confisco a madame bovary
y él me despoja de ana karenina /
si nos empalagamos de esos amores yertos
ya somos otros y nos reconciliamos

el libro me provoca / me arranca confesiones
y yo le escribo notas en los márgenes
es una relación casi incestuosa
nos conocemos tanto que no nos aburrimos
él me describe cielos incendiados
y yo se los extingo con lágrimas marinas

no lo hizo para mí / ¿será por eso
que el rostro no me importa? / es un enigma /
yo sólo quiero descifrar el libro
y quedarme en su vida hasta mañana
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Do libro Inventario Tres (Visor Libros)

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Abr 19 2012

Carmen Martín Gaite e os libros

Con los libros pasa lo mismo que con las personas, que unas empiezan a hablarte de otras y se va tejiendo y ampliando una red de conocidos de amigos, y amigos de conocidos, a la que se acaba conociendo por curiosidad o por azar.
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Do libro El cuento de nunca acabar

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Abr 14 2012

Josefina Aldecoa e os libros

El mundo de los libros, la pasión por la lectura precozmente despertada, suponen un estímulo decisivo que acelera la constante evolución, el creciente interés por lo desconocido, el cauce para dar forma y sentido no solo a la función intelectual sino también a la sensibilidad y a la capacidad de acercamiento solitario hacia el resto de los seres humanos.
Mirando atrás me reconozco en los niños que fui, me veo frente a mi madre pidiéndole que me explique lo que no entiendo, siguiendo sus orientaciones, aceptando su ayuda. Y me veo también en los largos veranos en la buhardilla de mis abuelos maternos, tumbada sobre una manta frente al balcón, en el cuarto de las manzanas, leyendo sin cesar, devorando ávidamente cuentos, hojeando “Alrededores del mundo” y otras revistas de viajes que mi abuelo atesoraba y me impulsaba a leer.
Vivir ensimismada. Leer. A través de la lectura, dialogar, en silencio con hombres y mujeres contemporáneos y con hombres y mujeres que hace años, quizá siglos, dejaron su mensaje en un libro para que yo lo leyera y lo encontrara en una búsqueda de respuestas a mis preguntas. Y el descubrimiento fascinante de afinidades, respuestas, sugerencias. Leer y leer, clásicos y modernos; libros en español en otros idiomas.
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Do libro En la distancia

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Abr 11 2012

Michael Ende e os libros

¿Hay libros o pasajes de libros que han cambiado su vida?
¿Piensa que es casualidad si, angustiado por problemas vitales, tiene usted de pronto entre las manos, justo en el momento adecuado, el libro adecuado, lo abre justo por la página adecuada, y encuentra exactamente la respuesta adecuada?
La Biblia, que habla de ángeles , demonios y milagros, ¿pertenece a la literatura fantástica?
Cuando varias personas leen el mismo libro, ¿leen realmente lo mismo?
¿Dónde tiene lugar lo que sucede entre un lector y su libro?
¿Por qué escribe la gente voluminosas novelas sobre el hecho de que ya no sea posible escribir novelas?
¿Quién inventará las historias de los autores que afirman no ser “narradores omniscientes”?
¿Cuál es la diferencia entre una ficción poética y una mentira?
¿Están obligados los lectores a entender a un escritor o está obligado el escritor a hacerse entender de los lectores?
Si Kafka quiso decirnos con sus novelas lo que interpretan sus intérpretes, ¿por qué no lo dijo él?
¿Que hacen los personajes de un libro cuando nadie lee el libro?
¿Hay libros que le hacen a uno enfermar o recobrar la salud?
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Algunhas das Cuarenta y cuatro preguntas al amable lector, do libro Carpeta de apuntes (Alfaguara)

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Abr 08 2012

Clarice Lispector e os libros

Peguei o livro. Não, não saí pulando como sempre. Saí andando bem devagar. Sei que segurava o livro grosso com as duas mãos, comprimindo-o contra o peito. Quanto tempo levei até chegar em casa, também pouco importa. Meu peito estava quente, meu coração pensativo.
Chegando em casa, não comecei a ler. Fingia que não o tinha, só para depois ter o susto de o ter. Horas depois abri-o, li algumas linhas maravilhosas, fechei-o de novo, fui passear pela casa, adiei ainda mais indo comer pão com manteiga, fingi que não sabia onde guardara o livro, achava-o, abria-o por alguns instantes. Criava as mais falsas dificuldades para aquela coisa clandestina que era a felicidade. A felicidade sempre iria ser clandestina para mim. Parece que eu já pressentia. Como demorei! Eu vivia no ar… Havia orgulho e pudor em mim. Eu era uma rainha delicada.
Às vezes sentava-me na rede, balançando-me com o livro aberto no colo, sem tocá-lo, em êxtase puríssimo.
Não era mais uma menina com um livro: era uma mulher co seu amante.
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Do libro Felicidade clandestina (Editora Rocco Ltda)

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Dec 20 2011

Anxos Sumai: doce felicidade

Cando parecía que estaba a punto de caer baixo a pesada resignación dos anos, o señor Matías bateu coa man na mesa da portería e, teso coma un garabullo, principiou uns pasos de baile. Cantaruxou un bolero que Felisa tamén coñecía, agarrouna pola cintura e bailaron uns minutos ata que ela o escorrentou cunha labazada no ombro. Afastábao porque lle doían as pernas, porque non era quen de seguir os pasos áxiles do porteiro, porque se ruborizaba e non quería que el soubese do seu vello desexo. Separouse del. Recompuxo os baixos da saia e o escote da blusa, agarrou o bolso con mans tímidas e camiñou cara o ascensor rosmando que non eran uns meniños para andaren con semellantes alegrías.
– Xa non lle somos ninguén, señora Felisa -murmuraba Matías premendo o chamador do ascensor.
Aquel momento de espera, ata que o ascensor chegaba, era un tempo feliz para Felisa. Era un conxuro contra non ser ninguén. A salvación da nada. Ficaban calados, mirando o teito. Do teito, atravesando os pisos do edificio, descendería a posibilidade da separación e a doce felicidade do soño cando, ao se separaren, pensasen o un no outro. Felisa cría realmente que as cousas estaban ben así, e ao señor Matías parecíalle que era o mellor que podía pasarlles: atoparse e separarse varias veces ao día e que nada fose permanente. A mobilidade salvábao tamén a el da contundencia da nada.
– Teño que subir. A señora está soa -xustificouse Felisa cando a porta do ascensor principiou o rito da separación. Subía e unha presada de alfinetes remexéronselle no estómago. Remirouse no espello, sorriu e pensou que aínda estaba viva. Aínda lle acaía ben a cor vermella do carmín.
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Do libro Así nacen as baleas.

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Nov 16 2011

Ana María Matute: piel adentro

Él lo llamaba, internamente, el humo. El humo era casi, casi un amigo. Las cosas adquirían entonces un relieve extraño, avanzaban hacia él y un frío grande le brotaba de los huesos y le llenaba los ojos. Aprendió a desterrar las lágrimas, y todo se llenaba de indiferencia. El humo traía la gran indiferencia, deseada, quizá, como una forma de la perfección. El humo se presentía, y – no lo podría él explicar nunca – desgranaba una extraña procesión de helados espectros. Empezaba el desfile por el mundo interno, por el abrasador y escondido mundo que era preciso arrinconar, olvidar. No por el mundo de fuera, el mundo real lleno de llamadas, de hambre brutal. Sí, por el mundo de piel adentro, por el extraño país del alma, donde parecía, en aquellos momentos, que vagase un niño. O, más bien, el fantasma de un niño, encerrado en una casa oscura y alta, una casa donde no había ningún agujero, ni para huir ni para respirar. El fantasma de aquel niño vagaba escaleras arriba y abajo, buscaba ventanas, puertas, y nunca las hallaba. Hasta que la casa le asfixiaba, le consumía, le volvía ceniza. Como afuera no podían salir el dolor, o el miedo, o, tal vez, la ternura, Miguel apretaba los dientes. Miguel se recordaba niño. Se veía, a veces, otra vez niño. Como si viese una película. Miguel se veía en el suelo, sentado en la calle. Aquella calle inolvidable, llena de polvo y de calor.
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Do libro Los hijos muertos

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